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¿Por qué se gastan los Sentimientos?



Delia Steinberg Guzmán

A veces resulta interesante volver sobre las preguntas que uno se hacía al recorrer los primeros pasos de un ideal filosófico; sobre todo para comprobar las respuestas que la experiencia nos ha ido proporcionando y para asegurarse de que el espíritu permanece inalterable en sus conceptos fundamentales.

Hace años me preocupaba la seguridad con que los ?mayores? auguraban la corta duración de mis mejores sueños, de mis aspiraciones a una vida diferente, mejor, más profunda y llena de contenido. Me decían -entonces a mí, y me temo que hoy a muchos otros en parecida situación - que los ideales son buenos para llenar los años de la adolescencia, para encender los primeros fuegos a impulsos de la acción. Pero que luego, la vida con sus exigencias, con sus repeticiones y desencantos se encargaría de borrar esos ideales para dejar paso a sistemas más prácticos y concretos.

En aquellos tiempos me rebelaba contra esas afirmaciones, y hoy, sigo haciéndolo. Antes me oponía con la fuerza de la juventud recién estrenada, y hoy lo hago con el apoyo de mis propias experiencias, como constatación de que aquellas que parecían leyes fijas dictadas por las generaciones precedentes no lo eran tanto.

Sin embargo, hay hechos que dejan en pie las viejas preguntas. No todos los idealistas que en sus primeros años quieren ?comerse el mundo?, continúan en la brecha con el mismo impulso a medida que pasa el tiempo. ¿Por qué se gastan las ideas y los sentimientos? ¿Qué sucede con aquellos que van dejando morir lo mejor de sí en el camino?

Hoy me contesto que sólo puede gastarse aquello que es de naturaleza perecedera. Es lógico que nuestros cuerpos materiales vayan perdiendo lozanía y que la energía, que es otra forma de materia, los vaya abandonando. Esa es una ley inherente a toda manifestación en este mundo objetivo. Pero, a medida que nos adentramos en los planos más subjetivos del hombre, tales como sus ideas y sentimientos, a medida que podemos prescindir del apoyo estrictamente material, ¿no podemos lograr una mayor perdurabilidad?
Lejos de mí la aspiración a un estatismo absurdo, o al anquilosamiento de los esquemas mentales y emocionales sin permitir ninguna variación. No. Del mismo modo en que los cuerpos se van adaptando a las necesidades de la vida, que se vale de ellos para expresarse, así, también ideas y sentimientos pueden variar con el tiempo. Pero en todo caso ha de ser para lograr una mayor perfección, una mayor decantación avalada por la experiencia; no para desaparecer como polvo, para desgastarse como zapatos muy usados, como barcas que hacen agua o muros que dejan colar el viento?

Preguntémonos entonces, por la calidad de esos sentimientos y esas ideas que han perecido ante los embates del tiempo. ¿No serían acaso tan frágiles como la materia del cuerpo, y aún más, puesto que no han durado lo que la vida completa de ese mismo cuerpo? ¿No serían ensueños, espejismos, sobras apenas, a las que en la ignorancia algunos se aferran por un momento, para desmoronarse luego con el desencanto de una ilusión pasajera?

Y sin embargo, podríamos preguntarnos por otros ejemplos, totalmente opuestos a estos que acabamos de mencionar. ¿De qué naturaleza son los sentimientos que vencen las barreras de la vida y de la muerte, que reaparecen una y otra vez con la misma perseverancia del sol por las mañanas? ¿Qué decir de esas ideas firmes que inspiran toda una existencia y que son lo suficientemente sólidas como para seguir alentando a otros hombres? ¿No son de esta estirpe los científicos que buscan y trabajan incansablemente, heredando aspiraciones y esfuerzos unos de otros, hasta conseguir sus propósitos? ¿No lo son los místicos que aman a Dios en todas las cosas y sobre todas las cosas? ¿No lo son los Romeos y Julietas, los Paris y Helenas? ¿Los artistas perpetuamente enamorados de su arte? ¿Los filósofos seguidores incansables de la Sabiduría Atemporal?

¿Es que no existen, pues, los elementos sólidos, perdurables, ejemplares, en los planos subjetivos? ¡Claro que existen, claro que son posibles! Sólo hay que saber dar con ellos, no dejarse engañar por las falacias ni dejarse caer ante las pruebas de la vida. Nada valedero se consigue sin esfuerzo, y ningún sentimiento o idea que valga lo bastante como para regir todo nuestro camino ha de venirnos sin más, sin conquista y sin lucha por la conquista.

Aquello que se desgasta lleva en sí el sello de lo falible. Dejemos, pues, que se desgaste, que siga su destino, y en cambio, tratemos de preservar lo que sabemos que puede constituir un tesoro y un apoyo para toda la vida, para todas las vidas. Sepamos preguntarnos a diario por la consistencia de nuestras vivencias y sepamos, asimismo, dar consistencia a todo lo que nos ha de alimentar espiritualmente. Construyamos mundos de ideas y sentimientos que puedan permanecer con nosotros todo nuestro tiempo, y aún mucho más, como para volver a encontrarnos con ellos cuando nos llegue, como todas las cosas, el momento de recomenzar y reconocernos


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