Mitos y héroes
Podríamos pensar que el mundo clásico, con sus elementos característicos y sus múltiples aportaciones en el Arte, la Filosofía y la Literatura, es ajeno a nuestra cultura y forma de vida actual. Todo lo contrario: "lo clásico" está presente, aunque de forma tal vez inadvertida en nuestro moderno mundo tecnológico, industrial y consumista.
¿Qué hace Hércules en el escudo de nuestra autonomía andaluza?, ¿y el obelisco de la plaza de la Merced o el de la plaza de la Constitución?, ¿o los conceptos de democracia o constitución? No se trata de seguir acumulando ejemplos sobre lo obvio. Cada época y cultura son el resultado de su pasado, junto con sus propias acciones, decisiones y pensamientos.
Existe un gran prejuicio cuando aparece el término "mito" o "mitología", y es considerarlo como algo falso, sin contenido real, una fantasía más o menos intrascendente, irrelevante como forma de conocimiento y sin más valor, en el mejor de los casos, que el literario.
Cuando decimos "mitología", ya sea griega, maya o zulú, nos referimos a la religión y a la historia sagrada de cada uno de aquellos pueblos. A sus conceptos religiosos y a su idea de la divinidad, tan importante y válida para ellos como la nuestra para nosotros.
Si no hay pueblos malditos ni razas inferiores -y no los hay-, tampoco hay "pueblos elegidos" ni superiores, ni unas religiones son superiores a otras.
Todas ellas son expresiones, enormemente variadas y enormemente similares a la vez, del anhelo profundamente humano de descubrir lo trascendente, de acercarse a ese enigma, a ese misterio que hemos dado en llamar "Dios". Anhelo que no es sino intentar explicar, descubrir el porqué y el para qué del cosmos, de la vida, del propio ser, del sentido y utilidad de la existencia. Así, cuando hablamos con suficiencia y cierto desdén de "mitología egipcia" o "mitos hindúes" pensemos en lo que sentiríamos al oír hablar de "mitología cristiana" en parecidos términos. Practiquemos entonces la tolerancia activa, no sólo respecto a los pueblos de nuestro mundo actual, sino también hacia los del pasado. Tan humanos como nosotros, con inteligencia, sentimientos y necesidades como nosotros, y de cuyas realizaciones todavía dependemos en muchísimos sentidos.
Para estos pueblos el mito tenía un valor fundamental a la hora de entender la vida. Debemos señalar cómo ha habido, desde hace tiempo, un esfuerzo continuado y tenaz para despojar al pensamiento mítico y a los mitos de cualquier posible valor. Al mismo tiempo, se intentaba desmitificar todo lo que pudiera ser heroico o idealista, constituyendo a la vez en auténticos objetos de culto la vulgaridad y la fealdad. Se demolían los mitos clásicos y tradicionales, cargados de simbolismos y valores, y se sustituían por mitos nuevos improvisados y triviales, cuya única "ventaja" es la celeridad con que se sustituyen uno tras otro sin cesar.
Desdeñamos como ridículas las hazañas heroicas de Teseo o Hércules y, sin embargo, creamos nuestros propios mitos, ídolos de la mercadotecnia de las multinacionales, de la música, del cine o de los deportes, desde Marilyn Monroe a Michael Jordan o Ronaldo.
Rechazamos como fabulaciones propias de ignorantes las leyendas, tradiciones y mitos de la Antigüedad, cuando en realidad contienen las claves de un profundísimo conocimiento del hombre, de su psique, de su evolución. Lo que sucede es que no pueden entenderse con una mentalidad racional, analítica, mediante exégesis literal. Hace falta una mentalidad simbólica, una forma de investigar basada en la analogía, en la búsqueda de relaciones entre las cosas, en la comparación de elementos similares, no idénticos. Se trata de estudiar los mitos dejando la mente abierta a la intuición, al tiempo que se intenta descubrir la dimensión moral y psicológica de los mitos.
Veamos, aunque sea someramente, el mito de Hércules, el héroe por excelencia. El conjunto de su vida y trabajos legendarios es todo un ciclo simbólico y místico de primera importancia, con profundos paralelismos con otros mitos religiosos, algunos muy cercanos a nosotros.
En primer lugar, el héroe es hijo de un dios (Zeus) y de una humana (Alcmena); por tanto, participa de la doble naturaleza divina y humana. Esto es interesante, porque en todas las tradiciones o religiones se explica el hombre como "hijo de Dios" o, cuando menos, criatura directa suya. Ahora bien, en él predomina la naturaleza humana y debe, a lo largo de toda una vida de arduos esfuerzos, de continuas e innumerables pruebas, trascender esa naturaleza y purificarse. Al fin de esa vida, se inmolará en lo alto de un monte, ascendiendo por fin al cielo, donde se encuentra con su padre, Zeus, gozando ya por siempre de la inmortalidad. Toda su historia adquiere un valor moral ejemplar.
Así, la mayoría de los trabajos de Hércules son para ayudar y proteger a los hombres de una serie de seres monstruosos, desde el león de Nemea a la hidra de Lerna o el toro de Creta. Todo un catálogo de amenazas a las que el héroe se enfrenta, no tanto para destruir, sino para dominar y someter, que éste es el
objeto de la mayoría de los trabajos de Hércules.
El héroe busca restablecer la armonía, la justicia, eliminando los elementos nocivos, dañinos, que representan la brutalidad, la violencia, el egoísmo, la maldad, la soberbia... Ciertamente, los combates de Hércules en el mundo mítico griego tienen su correspondencia con la lucha interna, psicológica, del hombre de ayer como del de hoy. ¿No tenemos cada uno de nosotros dentro un león que dominar en forma de soberbia o agresividad? ¿O un jabalí en forma de brutalidad o instintos incontrolados? ¿Quién no tiene sus propios establos de Augías en algún rincón de su mente? ¿Quién no arrastra un trauma, algún vicio más o menos inconfesable, alguna frustración o decepción profunda? ¿Es que no tenemos nuestros propios pantanos de Estinfalia, nuestras "zonas oscuras" donde moran complejos, vanidades, orgullos terribles? Ciertamente, cada uno puede librar muchos combates internos. ¿Quién no puede corregir algo dentro de sí?
Es francamente llamativo que mientras todo el mundo quiere mejorar desde su currículum a su colección de discos, su aspecto físico, su coche, la decoración de su cuarto o su colección de botellas, nadie parece querer mejorar su forma de ser, su forma de tratarse a sí mismo y a los demás. Aquí está de moda el "yo soy así; si me quieres me tomas y si no me dejas", dando por establecido que no se puede ni se debe cambiar. Resulta notable y terrible la gran preocupación por el bien-estar y el olvido total de algo tan fundamental como el bien-ser.
¿Que el heroísmo es algo pasado de moda, obsoleto? Hay muchas formas de heroísmo en nuestra actualidad, desde la acción social a la ayuda humanitaria en zonas de conflicto o la actuación en desastres naturales. La misma vida cotidiana nos ofrece con frecuencia la ocasión y necesidad del heroísmo sin que tenga uno que actuar violentamente. A veces incluso resistir esa violencia es una forma de heroísmo. En todo caso, ¿quién no quisiera ser un Hércules para vencer la injusticia, el hambre, el terrorismo o el tráfico de drogas y armamento?
Desde una perspectiva filosófica, el héroe es aquel que se vence a sí mismo, que logra conquistarse, conocerse, tomar posesión de sí mismo y sacar lo mejor de sí para los demás.
Ese conocerse, poseerse a sí mismo, es todo lo contrario de seguir la moda, la opinión dominante en un momento dado. Es tener criterio propio, tener valor, firmes y verdaderos, y vivirlos, hacerlos propios de verdad. Es encontrar las ideas eje de la existencia, de la propia vida, y ser coherente con ellas. Así se hace el héroe, así nace el Hércules que hay en cada uno de nosotros.
Miguel Artola
Información ofrecida por la Asociación Cultural Nueva Acrópolis - Málaga
















