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Las leyes de la Mente


Ramón Sanchís

El cerebro es el órgano físico, el receptor de la mente, pero la dimensión mental posee una entidad mucho más profunda y humana que define el grado
de evolución alcanzado por el hombre.

La mente es la herramienta más potente y elevada que tiene el hombre. Pero aunque se la valora como motor del desarrollo y progreso humano generalmente se desconocen las propias leyes que la rigen. Frecuentemente se nos enseña de un modo mecánico. Estamos inmersos en un mundo racionalista que promueve una actitud intelectual ante la vida. Se nos dan más y más datos que se deben retener para ser competitivos pero no siempre se nos enseña a discernir.

Definir la verdadera inteligencia es algo difícil. No es una mera capacidad
mecánica para resolver situaciones y superar circunstancias, sino el saber inteligir lo correcto de lo incorrecto, lo que nos lleva hacia una real evolución humana de lo que nos aleja de ella. Para alcanzar una inteligencia profunda necesitamos poner en vigencia la capacidad de discernir, que es una cualidad más elevada que la mera capacidad mecánica de razonar. Discernir es ver claro, es saber separar lo profundo de lo superfluo, y requiere un aprendizaje.

Las leyes de la mente
Para analizar las leyes de la mente conviene separar inicialmente dos conceptos que se presentan fuertemente unidos: la mente no es estrictamente el cerebro. El cerebro es el órgano físico, el asiento o receptor de la mente, pero la dimensión mental posee una entidad mucho más profunda y humana que la física y define el grado de evolución alcanzado por el hombre. Aun admitiendo respuestas inteligentes en ciertos animales, no podemos hablar de una verdadera estructura mental similar a la humana.

Las leyes que sigue la mente están en sintonía con las propias leyes de la Naturaleza en la que el hombre se incluye.

Al igual que descubrimos una ley de ciclicidad en la Naturaleza que alterna días y noches y hace que se sucedan las estaciones, la mente fluctúa entre momentos de gran actividad y otros de pasividad. Hay etapas de euforia, de gran impulso, creativas, expansivas, de gran capacidad de reflexión y de análisis, junto a momentos posteriores de inflexión, seguidos de otras etapas de incapacidad para relacionar ideas simples, como si nuestra mente se hallara frenada, aturdida e incapaz de crear en sí misma nada nuevo.

En los momentos de ciclo bajo será conveniente mantener unos mínimos, pues sin estar a plena capacidad debemos pasar las crisis con una mínima actividad, planificando lo que podemos hacer según el estado de nuestras fuerzas. Por otra parte, cuando sea tiempo de los estados de mayor actividad, debemos dosificar nuestras energías, ser metódicos, no pretender comenzar cientos de cosas que más tarde no podremos llevar a cabo. Debemos equilibrar los extremos de cada ciclo, tratando de que sus altibajos sean cada vez menores.
La mente se halla sometida a la ley de causa y efecto, aunque comúnmente nos quedamos en los hechos, en los efectos, sin llegar a descubrir las causas que los mueven. Estamos tan convencidos de que todo es casual que perdemos por ello la posibilidad de entender que también en lo mental, como en la Naturaleza, el mundo se rige por leyes de causa y efecto. La casualidad es lo que ven nuestros ojos cuando pasan sobre las cosas, pero saber distinguir los lazos que relacionan los hechos es el trabajo profundo de una mente internamente despierta. Todo sentimiento y actitud está causado por algo, y a su vez es efecto de otro algo y será causa de un efecto posterior.

Las leyes de ritmo de la Naturaleza se pueden descubrir también en la mente. Todo en el universo está sometido a un ritmo, a un movimiento, a una actividad, vibra. Por eso cuesta frenar la mente, dominarla, aquietarla. Sometidos a constante actividad, lograr el vacío mental es casi un imposible. Así que el problema queda centrado en lograr al menos encauzarla correctamente.

Otro aspecto de la mente es que se debate entre dos polos opuestos relativos. La mente aprende por comparación porque se mueve entre valores comparativos. Lo alto y lo bajo, lo bello y lo feo, la alegría y la tristeza, son conceptos relativos, que comprendemos por comparación y entre los que cabe la gradación entre dos extremos.

La mente, debatiéndose entre dichos extremos, alcanza estabilidad cuando aprende a distinguir cuál es el punto medio de las cosas, concilia los opuestos y
se aleja de posiciones extremas.

Según el Baghavad Gïta, esa lucha entre opuestos no se resuelve tan solo en el punto medio, sino además en la elevación, superando las posturas en conflicto. Así, lograr el verdadero equilibrio mental, lo que los hindúes llaman ?satwa?, se logra por superación de los estados extremos.

Para la mentalidad oriental no se supera el calor o el frío viviendo en un clima templado, sino haciendo que nuestra conciencia y actitud sean las mismas más
allá del frío o el calor.

Cuando la mente se aleja de posiciones extremas, cuando descubre que en la vida no todo es alegría o tristeza, cuando se va alcanzando una personalidad equilibrada, lejos de posiciones dicotómicas que todo lo ven como blanco o negro, la mente adquiere profundidad y comprensión y se armonizan los opuestos en lucha.

Es la mente la que, sobreponiéndose a los opuestos, logra ver la unidad de las cosas. Más allá de lo múltiple y de los diferentes elementos, en la medida en que se eleva y trasciende lo estrictamente material, concibe la esencia de las cosas y descubre lo real que hay tras las apariencias. Así, tomando como ejemplo al mismo hombre, más allá de las diferencias de sexo, de color o de condición social, puede descubrirse una misma esencia, un aliento humano común que nos emparenta y que nos lleva a descubrir una ley de unicidad.
La mente que generalmente utilizamos, aquella que hemos catalogado como mente apegada a lo concreto, a lo cotidiano, y por tanto sometida al propio interés y a la propia conveniencia, no vive sola, sino que está teñida de deseos y se ve sometida a los vaivenes del propio mundo emocional. Depende de su variabilidad, y le afectan la ociosidad, el apego al éxito o al fracaso y en suma, por relación con nuestro mundo emocional, todos sus altibajos, sus miedos, sus apasionados delirios, sus anhelos e instintos.

El mundo mental se conforma con líneas de fuerza alrededor de las cuales se
crea una estructura mental. Las ideas actúan como líneas creativas invisibles, trazan el diseño mental, y cuando esas ideas van tomando cuerpo, se decantan del mundo de lo receptivo al de la plasmación y la materia mental se aglutina en torno a ellas tal como las partículas eléctricas siguen las líneas de fuerza de potencial de un campo magnético.

Cuando lanzamos un pensamiento al ambiente que nos rodea éste es captado por otros, de tal modo que entre todos creamos la atmósfera mental, colectiva, que nos circunda.

Es por tanto nuestra responsabilidad frenar en la medida de lo posible las ideas negativas, y no darles asiento ni consistencia mental en nuestra propia atmósfera individual de pensamiento.

Conclusión
La mente no es la conciencia. El verdadero anhelo de superación, de perfección, de búsqueda de la sabiduría, procede de la conciencia y trasciende el mundo de lo mental.

Según las enseñanzas egipcias expresadas en el Kybalión, el Universo es mental, es fruto de reglas armónicas, está bellamente diseñado y ejecutado, y tiene un arquetipo previo. Su trazado y perfección delata la profundidad de aquel que lo soñó. Si esto es cierto ¿quiere decir que tal vez seamos un mero pensamiento proyectado en el mundo de la ilusión? ¿Y si todo fuera un sueño, una quimera, una vana ilusión? Si tal sucediera, una sola cosa es cierta; que es efímera también nuestra pregunta y la respuesta que pueda darse.


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