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La iniciación en el Antiguo Egipto


Fernando Schwarz

En todas las sociedades tradicionales se descubre la existencia de ritos de iniciación, desde el Oriente milenario hasta la América precolombina, pasando por África y Europa.

Si actualmente esta palabra significa "informar a un individuo sobre una ciencia, un arte o una profesión", originalmente designaba el "conjunto de ceremonias por las cuales se admitía al individuo al conocimiento de ciertos misterios"

"La iniciación aparece siempre como un proceso destinado a conseguir psicológicamente el paso de un estado, considerado inferior, a un estado superior", dice Serge Hutin.

Los etnólogos han destacado tres tipos de iniciaciones: las que permiten a los adolescentes acceder al mundo "adulto" -la iniciación tribal-; las que abren el acceso a las sociedades secretas o cofradías -iniciación religiosa-; y las que procuran la adquisición de poderes sobrenaturales -la iniciación mágica-.
En la Antigüedad oriental y greco-romana, la iniciación de tipo religioso era la más extendida, pues permitía el acceso a las fraternidades religiosas y a los cultos de los Misterios; pero algunos indicios prueban la existencia de la iniciación tribal tanto en India como en el mundo greco-romano.

A.Van Gennep define la iniciación como "un rito de paso" en el interior de un conjunto organizado, que comprendía igualmente los ritos de nacimiento y de muerte.

Las ceremonias correspondientes a la iniciación tribal estaban constituidas por ritos de separación, de marginación y de integración. Los ritos de separación apartan al niño del mundo infantil, en el que hasta entonces ha vivido, para hacerle entrar en el de los adultos de su sexo. En el caso de los varones, por ejemplo, éstos eran literalmente arrancados del mundo de las mujeres para formar parte del propiamente masculino. Los baños, la destrucción de los vestidos infantiles, el cambio de nombre, purificaban al joven y le permitían "renacer". La formación del carácter del joven, mediante amargas burlas y dificultades, constituye la segunda etapa de su formación: los ritos de marginación. En ellos debe probar su superioridad sobre la naturaleza, pues la potencia "mágica" o "mística" de su iniciación lo capacita para sobrellevar la realidad.

Pero estas "escuelas de la selva" transmiten paralelamente una educación moral, una instrucción, unos conocimientos, y a veces revelan los secretos de una especialidad. Los sacra de la tribu son presentados y explicados. Es el paso del exoterismo al esoterismo de la religión. Estas escuelas de la selva son verdaderas universidades "audiovisuales" donde se memoriza todo un sistema de correspondencias místicas y una sabia cosmología que permite acceder poco a poco a los grados más elevados de lo abstracto y de lo espiritual.

Gracias a los ritos de integración, el joven adquiere finalmente la categoría definitiva de adulto. El retorno entre los suyos es celebrado con un gran festejo que se desarrolla con cantos, rítmicas danzas y procesiones. Ya sea masculina o femenina, la iniciación simboliza el abandono voluntario de la antigua personalidad para forjar una nueva y renacer.

Muerte e Iniciación
Mircea Eliade define la iniciación como "una mutación ontológica del régimen existencial. Al finalizar las pruebas, el neófito se ha transformado en otro". Y agrega: "La iniciación constituye el fenómeno espiritual más significativo de la historia de la humanidad". En efecto, tiende a comprometer la vida total del individuo, transformándolo en un ser abierto al espíritu.

Pero si esta iniciación aparece como un fenómeno opcional, al cual el individuo accede voluntariamente, existe un acontecimiento ineluctable para todo ser humano: la muerte. Así, ésta aparece como un medio ofrecido in extremis al hombre para acceder a la iniciación.

La emocionante historia de Sinuhé prueba hasta qué punto el regreso a Egipto era importante para asegurar el paso a una nueva vida. El ritual funerario reproduce las fases de la iniciación y de este modo ayuda al tránsito mediante la técnica de lo invisible, que une al individuo con los arquetipos divinos.

La muerte es un momento esencial y los valores "muerte" e "iniciación" son intercambiables. En griego, existe un juego de palabras entre teleisthai (iniciación) y teleuton (muerte). "La muerte física termina por ser concebida como un rito de paso a una condición superior. La muerte iniciática es la condición sine qua non de toda generación espiritual. Así, el templo del hombre es su cuerpo, similar a una puerta que oculta detrás de su aspecto material otras puertas, sus componentes numéricos.

El periplo alegórico a través del templo está ligado al paso de las puertas, al despertar de la conciencia por el conocimiento de sí mismo. Así, el hombre descubre la ley del ciclo y de la renovación por la iniciación en el tiempo, y el Cosmos por la iniciación en el espacio. Revive en sí mismo todas las etapas, transformándose en un verdadero micro-cosmos. Entonces es cuando puede metamorfosearse y adquirir todas las formas. Pues, como indica El Libro de los Muertos, conocer el nombre de cada una de las partes de la barca, de cada genio de las puertas, de cada guardián lunar, significa poseer su identidad y entonces, ser capaz de transformarse en cada uno de ellos. El periplo del alma se termina cuando el hombre participa del nombre de Dios...

Y, si no estamos capacitados para juzgar la eficacia de estas iniciaciones tradicionales, podemos en todo caso adherirnos a la reflexión de M. Elíade: "Lo importante es que ellas proclamaban la intención y reivindicaban el poder de transmutar la existencia humana. La nostalgia de una renovación iniciática, que surge esporádicamente de las profundidades del hombre moderno arreligioso nos parece altamente significativa; sería, en resumen, la expresión moderna de la eterna nostalgia del hombre por encontrar un sentido positivo a la muerte, por aceptar la muerte como un rito de transición a un modo superior de ser. En efecto, sólo la iniciación confiere a la muerte una función positiva: la de preparar a una 'nueva luz', puramente espiritual, y permitir así el acceso a un modo de ser que escapa a la acción devastadora del Tiempo"

Para el pensamiento egipcio, en el momento de la muerte es donde el hombre afronta la realidad inexorable: está solo frente a sus actos y a sus jueces, y es él quien debe iniciar la transmutación que hará de su alma luminosa un sol naciente.

Pues si la iniciación es un rito de tránsito y una posibilidad de configurar el futuro, la muerte es el último de estos ritos: aquél frente al cual ningún ser humano puede retroceder. "En el escenario de los ritos iniciáticos -escribe M. Eliade-, la 'muerte' corresponde al retorno temporal al 'caos'; es la expresión ejemplar del fin de un modo de ser: el de la ignorancia y la irresponsabilidad infantil. La muerte iniciática hace posible la tabula rasa sobre la que vendrán a inscribirse las revelaciones sucesivas, destinadas a formar un hombre nuevo (...) Las imágenes y símbolos de la muerte ritual recuerdan la germinación, la embriología: indican que una nueva etapa de la vida está preparándose."
Examinemos las modalidades particulares de la iniciación egipcia.

La iniciación en Egipto
En el Egipto antiguo, encontramos numerosos vestigios de procesos iniciáticos. Aunque tengamos muy pocos elementos que se refieran a los ritos de transición en el período de la pubertad, es evidente que formaban parte de la educación de la juventud y se relacionaban con las fiestas de la adolescencia y de la victoria de Horus. La organización misma del país en nomos -antiguas tribus con tótem particulares- parece confirmar la existencia de esta iniciación tribal de la cual ignoramos los detalles.

El modelo ejemplar de los ritos iniciáticos religiosos lo constituye el mito de Osiris. Rey divino, abrió los caminos del más allá a todos los mortales venidos después de él; primero en penetrar en el mundo de los muertos, fue también el primero en transmitir a los hombres la certeza del renacimiento del alma más allá de las pruebas. Pero el carácter intercambiable de los valores "muerte" e "iniciación" nos hace pensar que es también el modelo de la muerte iniciática y del renacimiento espiritual. Con ocasión de su iniciación en los Misterios de Isis, Apuleyo "sufre una muerte voluntaria y se acerca del reino de la muerte" para obtener un "día de nacimiento espiritual".

La regla de oro de la iniciación era el silencio, y por tanto no resulta nada sorprendente que ignoremos casi todo sobre dichos rituales. Su imagen será en la Época Baja la del niño sonriente que los griegos llamaron Harpócrates, el Horus niño que pone su dedo delante de los labios en signo de silencio.

Sin embargo, sabemos que los sacerdotes egipcios recibían en el templo una formación iniciática que los capacitaba para las funciones que más adelante iban a desempeñar. Porfirio nos los describe así: "Son simples y sin rebuscamiento. No frecuentan ni a sus parientes ni a sus amigos, y no viven con ninguna persona extraña a la religión. Marchan con decencia, la mirada calma, no ríen más que raramente, y no exceden la sonrisa... son graves, desprovistos de ambición, y buscan primeramente la justicia. Sus vidas están consagradas al estudio de las cosas divinas y pasan sus noches en la observación de los astros. Se ocupan de teoremas aritméticos y geométricos, trabajan siempre sobre cuestiones científicas, descubriendo nuevos hechos y ocupándose en general del estudio de la Naturaleza".

En cuanto a las iniciaciones religiosas, hemos distinguido dos procesos:
- la iniciación en el tiempo: ligada al ciclo y a la renovación de la naturaleza.
-la iniciación en el espacio: ligada a la verticalización de la conciencia.
En los rituales cíclicos, el candidato atravesaba los tres mundos, pasando por el baño ritual del agua purificadora, por la bajada subterránea en búsqueda de los orígenes y por la subida hacia el mundo etérico celeste.

El papiro T32 de Leiden nos dará un buen ejemplo de la regeneración del candidato: a través de su peregrinación a Abidos, Busiris y Karnak, el candidato realiza un viaje psíquico, recreando el ciclo osiríaco y reuniendo los tres mundos. Este rito reaparecerá en el ciclo órfico y en los Misterios de Eleusis, que algunos autores hacen derivar del mundo egipcio.

Durante este periplo ternario, él encarna el papel del cuarto elemento: es el fuego o la chispa que anima el ciclo. Descubre así el ciclo del Cosmos y su división en tres elementos. Este proceso tiene por finalidad el hacer emerger la conciencia, simbolizada por el ankh (cruz de la vida), en la cual el círculo representa la conciencia emergida del Océano Primordial.

Si en esta primera iniciación se busca el "conócete a ti mismo", en la segunda fase, su nueva conciencia, su capacidad de vida -su ankh-, entrará en movimiento y partirá hacia una nueva búsqueda (que corresponde a la iniciación en el espacio); entonces el candidato ocupa el lugar del éter o quintaesencia, para afrontar los cuatro elementos (tierra, agua, aire y fuego). Esta lucha de uno contra cuatro se encuentra igualmente en otras tradiciones iniciáticas.

Pocos ejemplos han llegado hasta nosotros en cuanto a esta iniciación.
Citemos, sin embargo, el mito de Horus y la iniciación de tipo funerario estudiada por Desroches-Noblecourt a través de la tumba de Tutankamón. Se trata en este caso de una iniciación post mortem, pero, formulando todas las reservas de una hipótesis y considerando el valor intercambiable de los dos conceptos, creemos que puede aclarar algunos aspectos de la iniciación egipcia.
En esta iniciación relativa a los elementos, el candidato se transforma en Horus, el combatiente que, habiendo descubierto el Universo, debe cumplir una misión, vencer una prueba y transformarse en su propio maestro. En una clave psicológica, la victoria de Horus sobre Seth es la victoria sobre sí mismo y sobre lo que ata al individuo al mundo de la materia. Es lo que le permitirá subir al trono de su padre; pues en el proceso iniciático se produce una regeneración instantánea y una recreación del mundo, para quien alcanza el estado correspondiente.

En este mito encontramos las raíces de las posteriores sagas de los héroes griegos, tales como Teseo frente al Minotauro o Hércules y sus doce trabajos, testimonios ambos de una tradición iniciática.
El candidato victorioso puede proclamar:
"¡Oh, Osiris!
Señor de las manifestaciones, Grande y majestuoso
Heme llegado"
"Soy el Disco en cada día,
Soy la Eternidad,
He salido de Num,
Y mi alma ¡es Dios!"


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