LA DROGA DEL SENSACIONALISMO
El sensacionalismo asume las características de una droga: o la tomas porque quieres probarla y ya no puedes dejarla o la tomas sin darte cuenta
¿Simple casualidad, producto de la moda - que ya es menos casualidad - o una campaña hábilmente digitada en busca de quién sabe qué fines? Estas preguntas surgen con más fuerza cada día al observar el aumento imparable del sensacionalismo en todos los niveles y en la mayor parte de los medios de comunicación.
Es evidente que el sensacionalismo asume las características de una droga: o la tomas porque quieres probarla y ya no puedes dejarla; o la tomas sin darte cuenta, pero de todos modos ya no puedes prescindir de ella; o tratan de vendértela en cualquier ocasión; o compruebas que si no quieres drogarte, tampoco tienes cómo informarte o, sencillamente, distraerte.
De la saludable intención de difundir acontecimientos hacia todos los públicos y en todos los sitios del mundo, se ha pasado a una carrera desenfrenada por vender noticias. Hay que buscar los titulares más llamativos, las fotografías más impactantes, la redacción más atractiva... Y hasta aquí la cosa todavía es soportable. Lo malo es cuando escasean noticias relevantes y no queda más remedio que inventarlas o disfrazar las pobres realidades con vestiduras lo suficientemente escandalosas como para que atraigan la atención.
Miles de revistas, periódicos, emisoras radiales, cadenas de televisión, luchan por conseguir un espacio en la mente y en la psiquis de los sufridos informados, que se quedan desinformados y ligeramente drogados, a la espera de un choque emocional más potente que logre superar al anterior. El resultado se refleja en mentes ociosas, afectas a lecturas ligeras e intrascendentes - ya sabemos que no es el caso de la mayoría, pero sí de un importante porcentaje de gente -, dificultad para la concentración y ansiedad de escándalos notorios para llenar las conversaciones. Lejos de despertar la compasión por los que sufren, el deseo de colaborar con los que más lo necesitan, las informaciones son como la droga diaria para apreciar un insano movimiento interior, el morbo de sentirse vivos a fuerza de zarandeos.
Todo lo que sucede en nuestro mundo nos llega con tintes tan sensacionalistas, tan desorbitados que, o bien se busca -como decíamos al principio- mantenernos atontados, o bien se consigue una creciente decepción, una falta de fe en todas las personas, sean quienes sean y estén donde estén, una desesperanza en el futuro que no es nada positiva para ninguna sociedad.
Los programas televisivos luchan por distinguirse a través de los sucesos más duros, violentos, cáusticos. Hurgar en la vida íntima de la gente es uno de los deportes más apreciados y, por qué no, inventar historietas, infundios, atrocidades, puede ser una manera de sustituir lo poco y gris que ofrece la realidad. Después, si cabe, ya se pedirán disculpas y si no, allí queda eso...
Sabemos que en la vida hay de todo, bueno y malo, triste y feliz; sabemos que desgraciadamente existe el crimen, el fraude, la mentira, la opresión y tantos males que no alcanzaríamos a enseñarlos. Pero también sabemos que, en conjunto, la vida no es tan sucia ni tan violenta como nos la muestran a diario.
Estamos drogados...
Así será muy complicado apreciar la realidad, la simple y cruda realidad que presenta mil matices sin el sensacionalismo que se le añade para hacerla vendible y consumible. Es difícil alejarse de las drogas, es difícil retomar la dimensión de lo que somos nosotros mismos, de la gente con la que convivimos o deberíamos convivir y de las circunstancias de las que participamos.
Sin embargo, no hay nada superior a la realidad, no hay nada superior a la verdad. Sería sensacional que pudiésemos recobrar nuestra condición natural y encontrar en ella el auténtico atractivo de la vida. ¿O es que eso no es noticia?
Delia Steinberg Guzmán
Información ofrecida por la Asociación Cultural Nueva Acrópolis - Málaga
















